En Nápoles nadie puede respirar. Toneladas y toneladas de basura inundan la ciudad en un paisaje apocalíptico. Copiopego de El País: “la Camorra lleva 30 años descargando ilegalmente y a bajo precio millones de toneladas de residuos tóxicos, producidos por las empresas del rico norte de Italia, en la región de Campania. El progresivo envenenamiento del territorio, que ha aumentado la incidencia del cáncer en la zona en un 20%, ha producido el lógico pánico entre los habitantes, que se niegan a dejar que se construyan más vertederos e incineradoras. De manera que ya no hay sitio donde eliminar la basura fresca, y ésta debe ser exportada, pagando cantidades millonarias, a países como Alemania o Suiza”.
“La ciudad celebró ayer, entre las nueve de la mañana y la una de la tarde, el día sin coches; una singular jornada ecológica: ratas, escarabajos e insectos circulaban a sus anchas entre montones de desperdicios y contenedores volcados”.
“Los médicos advierten del peligro a corto y medio plazo: “Los daños mayores los provocan las dioxinas desprendidas por los incendios de basura, que pueden contaminar la cadena agroalimentaria y los acuíferos superficiales”, dijo ayer Scalera. “No hay tiempo que perder, porque el riesgo de enfermedades aumentará con el calor”.
Mierda de ciudades. Nos reíamos de la insalubridad de los burgos medievales, de su falta de iluminación y de inmundicia. Del ‘agua va’. Cada día deberíamos contar las ventanas que vemos por la calle, y por cada cuatro pensar: un kilo de basura. Todo esto me hace pensar que somos una plaga sin remedio. Nos dan asco las ratas y las cucarachas, pero todo lo que comemos está plastificado.
El veneno ya sabe a manjar, incluso. A mí me gustan las paredes de ladrillo ennegrecidas por los años, las altas chimeneas apocalípticas de las afueras. Un artista, de los ‘modernos’, se dedicaba a vender basura de Nueva York en cubiletes de plástico por un pastón. Eso me recuerda que últimamente me ha dado por volver a escuchar a la Velvet Underground. En Sister Ray, una canción donde siempre he visto luchar los egos hinchados de John Cale y Lou Reed, las guitarras parece que se han arrastrado por todas las calles de NYC y se han enguarrado con toda la roña de la gran ciudad. Reed pone voz de colgado y canta su letanía drogata, mientras Cale se figura tocar el órgano en alguna misa zombie de la catedral de San Patricio. ‘Nos gusta la mierda’, están diciendo los dos, ‘la que corre por nuestras venas pervertidas como las calles de Nueva York’.
Nunca he estado en Portland, Detroit, Ciudad de México, Bombay… ni en tantas otras.
En mi casa, si no reciclo, me dan collejas y me dicen: ¡piensa en el medio ambiente! Y yo voy con mis litronas de cerveza al contenedor de vidrio y me recreo con el sonido del entrechocar de los cristales: ¡catacras!, otra botella rota… A veces se oye el camión que vacía el contenedor del vidrio a las dos de la mañana, y es una catarata catastrófica, que espero que despierte a todos los vecinos y les haga pensar en que ese sonido tan bonito no es más que la mierda que generan.
Como sugerencia para el futuro no estaría mal poner una sirena insoportable en los camiones de basura que despertara a todo el mundo, aunque pobres basureros, ya tienen bastante con sus trajes naranjas. Mejor una canción. ‘Sois unos guarros’ no sería mal título.
Nápoles se ha convertido en el estercolero de Italia, el ano al descubierto de una vieja y elegante dama que en su día vio ventajoso guiñarle el ojo a un próspero y jovenzano industrial. Ahora todo es pus y almorranas. Pero el hecho de que Nápoles sea más víctima que otras, el hecho de que enseñe al mundo entero sus vergüenzas no nos debe llamar a engaño. La mayoría de las grandes ciudades son un argumento de peso para que el ser humano desaparezca de la faz de la Tierra. Y sin embargo me gustan. Todas suelen tener agujeron donde esconderse, beber una cerveza, echarse a dormir, mirar el internet, y seguir viviendo otro rato más.