Goethe, en ‘Las afinidades electivas’: “Se experimenta una sensación tan agradable al ocuparse de lo que sólo se es capaz a medias, que nadie debiera reprender al aficionado cuando se entrega a un arte que nunca aprenderá, ni censurar al artista su deseo de traspasar las fronteras de su arte y pasear por campos vecinos”.
Guy Debord, que combatió la especialización del trabajo con toda su mala baba, anotó en los ‘Comentarios sobre la sociedad del espectáculo’ lo siguiente: “En tales condiciones, vemos desencadenarse repentinamente y con alegría carnavalesca una parodia del fin de la división del trabajo, que halla tanto mejor acogida en cuanto que coincide con el movimiento general de desaparición de toda competencia verdadera. Un financiero se pone a cantar, un abogado se mete a gobernar, un cocinero se lanza a filosofar sobre los momentos de cocción como hitos de la historia universal”.
Hay curros alienantes, eso está claro. Lo que ocurre es que aquellos trabajos considerados como no-alienantes, los que permiten la autorrealización, son necesariamente los más especializados.
Todo funciona porque el talento, lejos de ser una fuerza transformadora, se condena cada vez con más fuerza a vivir en departamentos estancos.
La gente se acuerda mucho de Hitler, pero Wittgestein es uno de los peores malotes del siglo pasado. Quiso acabar con la filosofía, el muy jarto. Estableció que la única función de la filosofía es delimitar el campo de acción del resto de las ciencias, delimitar lo que se podía decir con sentido. Las matemáticas pueden hablar sobre esto, pero no de lo otro, etcétera. Uno no se puede exceder en sus atribuciones. Se acabó el proyecto de entender y explicar la totalidad, el mundo, tal y cual. Adiós al mezclar el tocino con la velocidad, adiós a los sistemas en plan wagneriano de Hegel o Marx, y a las espontáneas irracionalidades que se opusieron a éstos.
El jazz, esa música que nació en los prostíbulos, ha quedado como la música para entendidos por excelencia. Para músicos, para iniciados. Incluso si deseas ser cantante del peor género, si quieres ser considerado como tal, debes ‘especializarte’ en Operación Triunfo’. Y demostrarlo cada vez que te pongan un micrófono delante. O ser parte de alguna burbujita underground que nunca reventará.
Entretanto, los canarios siguen cantando en su jaula, sin ningún permiso ni privilegio, cada vez que en la cocina chifla la olla expréss. Incluso los labradores se atreven a cantar jotas en el campo.