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Fundamentos de la belleza enferma

Agosto 26, 2009

dresden

Es que igual se ha diluido con el tiempo, no se. Tan sólo puedo decir que después de ver vídeos como éste, me han dado ganas de explicárselo a mi padre, y quizá incurro en una obviedad, pero me da igual.

Últimamente la estética germánica me preocupa un poco más, porque me encuentro en el terrible aprieto de intentar aprender el idioma alemán. El meollo de la Kultur de esos pueblos bárbaros se encuentra en el romanticismo, que ha invadido la estética y la ética de nuestras vidas hasta puntos que bueno, para qué contarles. Si España tiene el Instituto Cervantes, en memoria del más cínico realista cabroncete y genio sobre la faz de la tierra, ellos tienen el Goethe Institut, en memoria de un tipo que supo crear el romanticismo para abominar de él a renglón seguido y retomar un clasicismo estético bonito como él sólo.

Cuando se decidió acabar con las supersticiones religiosas, con la edad media, con la tiranía y todo lo demás, el clasicismo era saludado en las artes y las letras como el camino recto hacia la felicidad y la madurez de la humanidad etcétera, etcétera, seguro que les suena la milonga. Así, en determinado momento del asunto, surge en Alemania el Sturm und Drang (algo así como ‘tempestad e ímpetu’) que sienta las bases del romanticismo y que ensalzaba una serie de valores que darían escalofrío a todo buen padre de familia. Venga la irracionalidad, y la esencia del ser humano, animalico cargado de pasiones. Y así, venga a imitar los suicidios del pobre joven Werther.

pelazo

(pelazo!)

El bueno de Goethe se cansó en seguida de semejante agitación y la consideró ‘enferma’. El instinto, las pasiones, todo lo que había sido condenado por Platón y compañía campaban a sus anchas en esta nueva disciplina estética. El otro día, aburrido en el curro, le eché un ojo a la estética de Aristóteles (venga danimoide, todavía puedes ser un poco más pedante, todavía no te has superado a ti mismo). Bueno, el tipo dejaba notar que las cosas que daban pavor en la realidad, como las bestias, eran saludadas con gran gentileza entre los estetas atenienses cuando se las representaba en las pinturas. Qué liberación, ver a un tigre, fiero en la selva, representado con toda su mala baba en un fresco. Es otra expresión del dominio humano, en tiempos en que, por lo menos a Aristóteles, la naturaleza daba verdadero pavor.

Pero cuéntaselo a los alemanes románticos, que abrían sus pechos a los rayos cuando había tormenta. Y, por supuesto, aquello se extendió. Ingalaterra fue la próxima afectada, y venga viajes sin sentido a ver si soy el primer europeo que veo las fuentes de donde surge el Nilo. Ay.

Goethe en seguida comenzó a ver que aquello de explorar los límites de la psique y las pasiones más desatadas no conducía a nada y por tanto se dejó guiar por esa cosa tan vieja de que el hombre es la medida de todas las cosas, y por tanto no hay que fijarse en lo desmedidamente grande ni pequeño, y que hay que aceptarse con todas las taras como un animal bello al fin y al cabo, y ensanchó su arte con escritos bienhumorados que remitían a las pasiones apolíneas, no sea que esto se nos vaya de madre.

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(¿bonito? Nein!)

La influencia de la estética enferma en las artes ha sido brutal. Tras el romanticismo vino el simbolismo y el expresionismo, y el futurismo, y el dadaísmo y el surrealismo y otras muchas vanguardias que, en definitiva, exploran aquellas facetas humanas que no están regidas por lo deseable y lo bello, que salen de lo estético y de lo acordado, que plantan al individuo por encima de las normas que nos han hecho ciudadanos.

Y, si alguien se pregunta por qué esta diatriba, sólo tiene que ver un rato la tele, la forma en que apela a las pasiones. Residuos románticos.

A mí me gusta mucho una música tremendamente ruidosa y horrible. Sus acordes, lejos del sosiego, transmiten angustia o liberación, seducen la parte más primitiva de mi cerebro. Sí, amigos, el ruacanroul, el blues o el jazz, el escalofrío eléctrico de semejantes barrabasadas aceptadas ya como ‘bonitas’ en una sociedad en la que el deseo es estimulado hasta límites insospechados en pro del consumo sin fin campa a sus anchas, siempre insatisfecho. No sé si me he explicado, en todo caso, véanlo otra vez.